Mentiría si negara que los momentos previos al apagado de luces del concierto de Belén Aguilera en el Movistar Arena de Madrid, fueron un repaso, casi biográfico, de mis momentos con la artista. Es un hilo, tan fino, que te hace confundir (o quizá no) la cercanía con la artista. Yo la percibo como una amiga, esa a la que recurres cuando necesitas un abrazo cuando el mundo parece estar tormentoso. Por lo tanto, anoche, mi orgullo estuvo por los aires, casi a punto de explotar, cuando la cantante catalana sirvió tanto poder, que sentí que me enamoraba de nuevo de su música.
El concierto empezó al desnudo, entregando una integridad tan verdadera como sincera. Ofrecerle a la inmensidad un frasco de magia, es como cuando Goliat se enfrentó al Gigante, y como todos ya sabemos, ganó. «Ático» fue la maestra de ceremonias, a la que prosiguió «Como un drama italiano». Un violín apareció detrás de un elegante telón a modo de aperitivo de la dosis de cultura clásica a la que nos íbamos a enfrentar.
Posteriormente, un conjunto de hadas, arroparon el caminar de Belén. ¡Y de qué forma! Las bailarinas aportaron un clima cinematográfico, único e irrepetible. «Eclipse» y «Dama en apuros» empezaron a desencajarnos la mandíbula, porque sí, apenas canté, me sumí en un estado de levitación absoluto.
Y esa apertura de mandíbula, se convirtió en una sonrisa, que se salió de su habitual dibujo, cuando con Samuraï entonó «De charco en charco» y con Julieta, «Thelma & Louis».
Entre la medicación en una herida de «Salvamento», «Dramático» y «Cristal», llegó un giro de guión, digno de escritora experimentada. Con la compañía de Ruptura, creó una auténtica rave, pero de las elegantes, cantando «Antagonista» o «Camaleón». Después de ello, la primera parte del concierto llegó a su fin.
La siguiente sección, empezó lanzando un beso al cielo. «Soledad» fue el acento al sueño terrenal de Belén, el cuál prosiguió con una dosis onírica de nombre «Mutantes». Aunque la burbuja de ensueño se explotó un poco en «Mía». Ella hizo bailar a nuestras sombras, mientras los ojos, sin apenas recibir señal consciente, derramaron lágrimas.
Tras reinterpretar «Dama en Apuros» con Métrika, o mezclar (una vez más) los caminos destinados de «Hijo de la luna» y «Vértigo», la vida, nos volvió a enseñar, que, por desgracia, todo lo bello es finito en la acción, pero infinito en la memoria. Con «Laberinto» selló su viaje para siempre en nuestras vidas.
Gracias por existir Belén.

