A veces se me olvida la sensación del final de un concierto. Ese querer arañar la última canción hasta la última nota, cómo sino existiera un luego. Esa sensación que te hace tomar conciencia, más que nunca, de que todo lo bueno es efímero. Mientras por la mente se te pasa esa idea tan onírica, de quererte agarrar a la silla, y obligar al cantante a que siga cantando toda la noche. Todo ello es indicativo de que se ha sentido, y sí, ayer sentí hasta de más en el concierto de Valeria Castro. Sin duda fue un oasis en medio de la vuelta a la rutina, que hizo que estas líneas comenzaran a brotar en mi cabeza con el concierto apenas finalizado, con esa mirada ladeada que sabe que seguirá vinculada a esas canciones de por vida.
El concierto comenzó con una auténtica oda a la intimidad. Esa que si te asomas a los ojos de cualquiera puedes encontrar. «La Soledad, «Tiene que ser más fácil» y «Honestamente» fueron el trio de ases para abrir un concierto épico en lo sonoro y humano en el mensaje.
La noche estuvo llena de sorpresas. La primera de ellas con acento mexicano. Un conjunto de mariachis se unieron a la cantante palmera en «Debe ser» y «Techo y paredes».
También hubo momento para hacer magia en la intimidad de la grandeza. La cantautora como hechicera experimentada, fue todo valentía al quedarse sola encima del escenario interpretando «Devota», «Guerrera» y la aún inédita «Globo».
Las colaboraciones no se hicieron esperar. Tanxugueiras acompañó con la garra que siempre han demostrado, y junto a Amaral cerró un círculo perfecto de emociones.
Entre el recuerdo a «La Raíz», fuimos felices entre los acordes de «Sentimentalmente». Pese al final escrito, perdurará en nuestra memoria. El vínculo ya está más que forjado, como un cálido abrazo.

