Hay una lista de series que nos otorgan una cierta paz mental. Este hecho se debe a la humanidad de sus personajes, pues no hace falta realizar un gran ejercicio psicológico para sentirte identificados con ellos, así como cogerles un cariño digno de una bonita amistad. Este es el resumen perfecto de lo que me proporciona “Valeria”, la cual, en este mes de febrero, ha llegado a su fin con su cuarta temporada.
Esta última entrega está compuesta por seis episodios. En ellos, los espectadores podrán disfrutar del proceso de madurez que viven sus protagonistas y de forma paralela, el aumento de la confianza en sí mismas. Todo ello salpicado del humor inteligente de siempre.
De hecho, el mayor acierto de esta serie es desenfocar el protagonismo de las relaciones sentimentales de las protagonistas, para ponerlo en los procesos propios de cada una de ellas, tanto en el ámbito laboral como en el personal. Sin duda, la década de los 30 en las mujeres, es una de las más complicadas y más invisibilizadas, y esta producción consigue plasmarlo con gran verosimilitud.
De forma paralela, hay que aplaudir el reflejo de las masculinidades de los personajes varones. Por un lado, la masculinidad respetuosa, que admira a su mujer y apoya sus sueños, y, por otro lado, la que hace todo lo contrario y es despedida por el empoderamiento y la autoconfianza de la protagonista.
A pesar de todo, he echado de menos que los personajes LGTBIQ+ de la historia tuvieran un mayor peso en la historia, y, en consecuencia, un final feliz que tanta falta hace dentro de la industria cinematográfica actual.
Para finalizar, tengo que aplaudir la escena en la que Elisabeth Benavent realiza un cameo en plena feria del libro. Allí le da las gracias a Valeria por todo lo vivido. ¡No se me podría ocurrir un final mejor!

