He crecido viendo Operación Triunfo. De pequeña jugaba a imitar a mis ídolos y la fiesta se reanimó en el año 2017, donde esos referentes pasaron a ser de un canon al que imitar en el ambiente lúdico a ser esenciales en la construcción de mi persona. Por lo tanto, como puedes entender querido lector, OT es mucho más que un programa para mí.
La edición del año 2017 fue similar a un primer amor. Ese que comparas con absolutamente todo lo que te rodea y piensas que nunca va a ser superado. Spoiler, nunca lo ha sido, pero si que han aparecido en mi vida de fan personas a las que decirlas en mitad de una firma de discos: “gracias por todo, has sido mi OT”.
En primer lugar, para cumplir con esta frase, deben de ser voces especiales. Sí, me alucinan como a nadie en este mundo los torrentes que arrasan con las emociones de los oyentes, pero voy más allá, me gusta que parezcan que estén tocadas por polvo de estrellas y no se parezcan a nadie en su color.
Pero no olvidemos que Operación Triunfo también es un reality, y como persona adulta me gusta que tengan mis valores. Pero no solo eso, sino que con ellos tejan su bandera y la agiten, permitiendo que aquellos que se asoman al abismo, se sujeten a ella y tengan un lugar seguro en el que resguardarse. Claro, si a esto le sumas que quieran bonito a los demás, mi corazón está francamente derretido.
También me gusta que les brillen los ojos cuando hablan, que amen su propia visión de la música sin miedo. En definitiva, que sean libres, pero que no levanten los pies del suelo. Y si lo hacen, que sea solo para hacer una acrobacia mortal.
Felicidades, Violeta y Chiara por ser el OT de mucha gente.

