• octubre 24, 2021 2:05 am

Delirium Nostri

Cultura con un toque muy personal

Melendi entrega sus éxitos y su verdad a un Teatro Real a rebosar

Ir a un concierto es que se pare el tiempo durante dos horas. Un pequeño cosmos se crea en los teatros y el espectador se ve capaz de poder tocar el cielo con cada salto, con cada estribillo y con cada acorde. Todos estos sentimientos se introducen en una botella no degradable con el paso del tiempo, de la que beber en cualquier instante y revivir de nuevo cada bella vibración.

Todos los artistas que pisan el Teatro Real de Madrid pasan a formar parte del eje cronológico de tal ilustre recinto. Cuando saltan a este escenario dejan atrás el nombre común de cantante y adquieren el de leyenda. Que un artista de esta talla vuelva a los escenarios después de la pandemia es síntoma de que la vida parece volver a su normal transcurso. Melendi reapareció ante su público de la capital con sus mejores galas, armado de temazos con los que hacer cierto el dicho: «de Madrid al cielo».

En un primer instante cogió el lápiz para caricaturizar a la sociedad actual con «Hijos del mal» y aceleró la llegada de «Septiembre» con la canción homónima al mes estival. La sensación de hermandad entre los fans asistentes ya era palpable en el clima. Todos remaron hacia un mismo lugar: el del disfrute.

A un artista le hace humano mostrar lo que le late por las entrañas cuando el público le corea. Melendi confesó sus nervios fruto de volver a los escenarios tras dos años de silencio. Este sentimiento le hizo olvidar algún que otro verso, pero se ganó a pulso de buenas energías su indulto.

Poco después, el artista construyó unos muelles para impulsar los sueños de sus fans con «Casi». Es un himno a lo que pudo haber sido y no fue, que tras la pandemia, ha adquirido un sentido más fuerte.

En términos generales se puede decir que el concierto fue un homenaje para el fan de toda la vida con muchos singles para corear, pero, el cantante también quiso concederse un momento para si mismo. «Sin remitente» es un adiós a una etapa vital de su carrera, que emocionó gracias a la sinceridad de la garganta del asturiano. A continuación, dedicó a sus hijas el himno feminista «Déjala que baile».

También hubo tiempo para evocar al Melendi del pasado con «Caminando por la vida» o «Un violinista en tu tejado». Esta última, creó un agradable clima, ya que este sencillo fue dedicado al público que se encontraba en la parte superior del teatro.

Si algo se le da bien al cantante es endulzar los corazones y provocar que vuelen en un lento vals con sus temas más románticos. «La casa no es igual» fue uno de los temas culpables de este hecho.

El clímax llego con «Yo quiero ser guerrero» escrita para sus fans. El estribillo es un auténtico grito de guerra que como el flash de una cámara es capaz de fotografiarse en la memoria cada vez que esta suena en los conciertos. Las linternas de los móviles fueron luciérnagas al son del cantante.

La traca de fin de fiestas que puso patas arriba tal ilustre lugar fue «Lágrimas desordenadas». Como un instrumento de limpieza, blanquea con buen rollo el alma y carga las pilas al mil por mil.

Ahora que el girar de la música parece haber cogido ritmo, querido Melendi, no te vayas muy lejos. Tus himnos hilan cada momento de nuestras vidas. Cuando un artista se deja el alma en cada verso, solo hay que aplaudirle y por supuesto, repetir una visita a su hogar: los escenarios.

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