Dar un buen concierto es mucho más que exponer letras y música potentes. Es saber crear un microclima, como si los músicos fuesen seres no terrenales, en el que el público y los artistas funcionen con un único alma, fundiéndose en un solo corazón.
Esta es la emoción principal que transmitieron los chicos de Veintiuno en su concierto en las fiestas de Leganés. Supieron ser el impulso perfecto para alcanzar una alta cima de dopamina, y de forma simultánea ser un refugio en el que fluir sentimientos como una fuente expulsando agua.
Sin duda, fueron el fuego para hacer funcionar al corazón en un salto sincero, donde las voces de los presentes cantaron a su propia historia narrada en temas como «La Ruina», «Escalofríos» o «Haters».
Pero también, fueron el abrazo confortable cuando el frio acecha en el exterior. Sembraron paz y consuelo en «A la orilla» o «Parasiempre», desembocando en las recién llegadas «Estarás» y «Armadura».
Y como pólvora en medio de una noche de fiestas, terminaron en una subida sin fin. «Cabezabajo» nos demostró que «La vida moderna» es para ser narrada por Veintiuno.

