Cuando no importa si la brújula marca norte o sur, porque la música son sus manecillas, el cuerpo reacciona ante un lenguaje más que aprendido. Si hay que saltar, se salta y si hay que llorar, pues se llora. Así es Malú, una vuelta a casa, independientemente de dónde sea el lugar. Anoche, tocó peregrinar a Guadalajara.
Con la calidez en la mirada de quién sabe que va a encontrar seres queridos debajo del escenario, «Todo me sabe a ti» abrió la noche. Posteriormente, una lluvia de clásicos cayó sobre el cielo manchego, agrandando el corazón libre de quienes la veneran y conquistando nuevas almas.
Desde las canciones de su nuevo disco «Quince» a producciones que ya son dignas de banda sonora. La artista lo dio todo, como un auténtico derroche de profesionalidad. Aunque, si tuviera que destacar un momento en la velada, sería la dicotomía formada por «Aprendiz» y «Ausente», donde su historia, fue un poco la nuestra.
Malú es esa noche para recordar el resto del año. Ese recuerdo que se tatúa a fuego, como un lugar seguro al que volver. Una vez más, gracias Jefa.

