Vivir tanto y tan bello, que sientes que las palabras no salen, que todo se ha quedado en la retina, grabado a fuego lento, como un bonito tatuaje. Así fue el concierto de fin de gira de Violeta en Madrid, un show que siento que expresaría mejor lo vivido en él, si una cámara hubiera captado mis ojillos vidriosos y mi cabeza ladeada, como una niña en la mañana de Reyes, para podéroslo ofrecer como un testimonio eterno.
Violeta narró, su historia y la nuestra, como una leona, fiera y elegante. El primer acto fue una muestra de lo que sería un recibimiento idílico tras una subida al cielo, empezado por «Corazón Mande». Arropada por su cuerpo de bailarines, miraba al frente con el alma de quien ha nacido para estar encima de un escenario.
Ella fue la «Libertá» del arte que bebe de la raíz anclada a la tierra, hecho que demostró versionando a Enrique Morente, a guitarra y voz. Posteriormente, junto a Cristina, fueron maestra y heredera en «Me Pelea».
La recta final llegó, y de qué forma. Violeta se volvió humana y bajó al patio de butacas de los mortales. Entre nosotros cantó «Contigo» y sus ojos demostraron una gratitud infinita.
Entre la lluvia de flores de «Contigo» y «Cruel Final», «Ojalá» puso en nuestras bocas un «Contigo siempre Violeta».

