La elegancia es mucho más que un adjetivo. Es una forma de vida. Es mirar al frente con respeto y sabiduría. Pero sobretodo, torear a la injusticia con palabras, a veces en forma de canción y otras en forma de discurso, pero ante todo firmes y seguras. Así es Leire Martínez y así fue el arranque de su primera gira en solitario en Madrid.
Ayer en La Riviera, nos recordó el verdadero significado de vivir, pues nos hizo volar y nos hizo enraizarnos al suelo con la firmeza de alguien que no tiene techo. «Mi nombre» fue el recordatorio de que la artista vasca es una de las reinas del pop de nuestro país.
A continuación, «El último vals» fue el firme legado de una historia que muchos llevamos tatuada en la piel, como reflexión de lo importante que es la música como causa y consecuencia de la felicidad más plena.
Los invitados no tardaron en salir. Junto a Edurne fue una simbiosis perfecta, donde la ternura para perdonar en «No se me da bien odiarte», hizo acto de presencia.
La mezcla de las canciones de su nuevo disco con sus clásicos en La Oreja de Van Gogh, fue como un día en el parque de atracciones para los melómanos. Todos los estímulos del público estuvieron al máximo durante todo el show, acompañando como fieles coristas todo el repertorio, independientemente del tiempo que llevasen las canciones en su vida. «El Dia Cero» o «Cometas por el cielo» se hermanaron con «Será Diferente» o «El Ruido».
Posteriormente, los ojos fueron transparentes en «Jueves», con una especial dedicatoria a las víctimas del accidente ferroviario de Córdoba y en «Mírame» junto a su marido al saxofón y a Andrés Suárez. Fue, en definitiva, la expresión más bella de amor.
«Rosas» volvió a hacer historia, pero esta vez con una sonrisa aterciopelada en el rostro, y entre los saltos de «La Niña que Llora en Tus Fiestas» e «Inmortal», sellamos nuestro pacto de no bajarnos jamás del barco de la señora Leire Martínez.

