• mayo 16, 2021 2:53 pm

La Llamada El Musical: Amor, espiritualidad y una reflexión sobre la vida muy interesante.

Repetir en musicales como “La Llamada” es de esas condenas dulces que te dan momentos de felicidad. Entrar al Teatro Lara es respirar positivismo y un buen rollo que, a pesar de haberlo pisado en una anterior ocasión, te llena los pulmones de risas que desembocan en lágrimas cómplices entre el patio de butacas.

Uno de los principales atractivos de este espectáculo es su puesta en escena 360 grados que mantienen continuamente al espectador despierto y atento de hasta el mínimo detalle. La interactividad hace que el público se sienta como un personaje más dentro de esta bella historia.

Considero que el secreto de su buen estado de salud en la cartelera de los musicales de la capital es que continuamente están innovando y rejuveneciéndose. He observado diversos cambios en el guion con respecto a la anterior vez que visité el show, tienen ese factor sorpresa que siembra carcajadas. Pequeños guiños que conservan la esencia de la historia, pero que suman a un global sobresaliente.

Las mascarillas encima del escenario son un elemento con el que juegan con una gran soltura, llevando la escena hasta nuestros días. Todos hemos vivido situaciones parecidas con olvidos de este elemento al salir de casa y ver este hecho en el espectáculo hace estallar en risas. Mejor demostración de que la cultura es segura no puede haber.

El mensaje que lanzan al público siempre invade mi corazón. Nos hablan de varias historias de amor, que desembocan en una de las mayores pasiones que puede existir en el planeta tierra: la música. Este poder, puede funcionar como muleta y curarnos el corazón, pero también, sus letras y sus melodías, pueden funcionar como luz para tomar un nuevo camino en este paradero llamado vida.

Cada espectador se siente identificado aún teniendo unas circunstancias muy diferentes al compañero de butaca. Los corazones y las mentes laten al mismo ritmo, haciendo que cada uno reflexione sobre el sentido de su vida.

De forma global, considero que cada actor aporta un granito de luz muy diferente al del resto de sus compañeros. El elenco es muy variopinto, pero también muy especial.

Como la anterior vez, en primer lugar, tengo que destacar a Roko. Es la artista diez: canta como los ángeles y empatiza muy bien con el espectador, consiguiendo con una rapidez asombrosa meterse en el bolsillo a todo aquel que la observa. La gestualidad, es el mejor reflejo de la inocencia y la bondad de su personaje, la monja Milagros.

Interpretar un personaje como Susana Romero cuando tus antecesoras han sido la premio Goya Anna Castillo o la polifacética Angy no es tarea fácil. Me senté en el patio de butacas con cierto perjuicio hacia la posible interpretación de Marta Sango. Pero, como ya he resaltado en los artículos referentes a su música, está en pleno proceso de madurez y así lo demuestra encima de las tablas. Aporta una frescura inigualable llevada a cabo por su juventud. Gracia y un torrente de voz que la augura un buen futuro.

Paco Arrojo y Lydia Fairen, nos transmitieron una gran espiritualidad con sus voces que no se achantan ante el reto de interpretar canciones tan poderosas, sino que las hacen suyas y de que manera.

Por último, Mar Abascal fue la maestra de ceremonias ideal, y ejemplo de modernidad eclesiástica de la que todos deberíamos de aprender.

Si tienes la oportunidad, no te lo pierdas, es una experiencia que permanecerá siempre en tu memoria.

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